Testimonio de Inés

Testimonio de Inés

Corazón de pobre

Dice un refrán que “El corazón no es de quien lo rompe, sino de quien lo repara”.  Y de ese modo, reconstruyéndolo, Jesucristo se ha hecho dueño de mi corazón.

Repararlo, no ha sido tarea fácil o por arte de magia. El modo de Dios conmigo, ha sido camino de crecimiento en el amor y de purificación. Ha sido una historia en la que Él, muy poco a poco, me ha ido curando como Buen Samaritano. Desinfectando cada una de mis heridas, me ha enseñado su modo de amar, clave para construir el reino de Amor que Él comenzó y clave de mi identidad con Jesucristo.

Y os preguntareis porque os cuento esto, o qué tenía Dios que curar en mí, no?? Bueno pues os diré que muchas de las cosas que hoy se nos ofrecen a través de la televisión, las redes, las amistades, etc.  Me fueron llevando a metas y deseos de un tipo de felicidad que siempre me dejaba  con sed y pequeñas grietas de decepción en el corazón.

Para empezar, he de decir que desde mi infancia, conocía a Dios a través de la fe de mis padres, de mis padrinos y monitores del grupo juvenil parroquial. Pero al llegar la adolescencia… uff… Ese “Dios, bueno, Padre” y  Jesús, “amigo que nunca falla”, comenzaban a quedarse a la medida de mi traje de comunión.

Y es que, me he dado cuenta en estos últimos años, que la adolescencia, es tiempo privilegiado para encontrar nuestra verdadera vocación. Parece que en esta etapa de la vida, lo vemos todo blanco o negro, grande o pequeño… es como si no existieran las medias tintas. Y es que; en el fondo, pensamos y soñamos en GRANDE. Proyectamos a esa edad, una vida con sueños gigantes, sin límites, sin fronteras…  Necesitamos que todo sea auténtico y transparente, porque nosotros nos experimentamos de algún modo, y en secreto así.

Al fin y al cabo, todos aspiramos a lo máximo y nos cuesta imaginar un futuro pequeñito (como dice el anuncio de la lotería) y eso  Dios, lo sabe mejor que nadie porque Él nos soñó a lo grande.

Fue en aquella etapa de mi vida. En una mezcla de inconformismo y sufrimiento, cuando mire al cielo preguntándome el sentido de mi existencia. Y la voz de Aquél de quién desde pequeña había escuchado hablar, se hizo presente en lo profundo de mí, como la verdad que nadie podía arrebatarme: “Yo sí te quiero y tengo un plan para ti. Un gran AMOR por el que sí merece la pena tu vida”.

Así  fue “el pacto” que hice con Aquél que prometió que encontraría a ese “Gran Amor”, capaz de llenar de felicidad mi corazón.

En medio de un gran sufrimiento y la soledad, experimenté que el amor humano (de mis padres, mis amigos, compañeros) siempre sería limitado e incapaz de llenar mi insaciable corazón. Pero aquella secreta promesa en el corazón se convirtió en motivo y motor de mi vida.

Aquel encuentro, cambió mi manera de relacionarme y con 14 años, comencé a vivir una relación de fe distinta. Hice las catequesis del Camino Neocatecumenal en las que como Abrahán, me invitaban a ponerme en camino hacia la tierra prometida, hacia mi felicidad. Y aquel anuncio, confirmó el inicio de ese camino de búsqueda.

Han pasado muchos años desde aquella promesa de Dios conmigo y al igual que Abrahán, pensé que aquel “gran amor”, reflejo primero de amor esponsal; llegaría a través de ese “príncipe azul” por conocer. Y puesto que mi primera referencia de amor esponsal, llegaba por mis padres; todos mis esfuerzos durante muuuuchos años, se centraron en buscar un futuro marido y buen padre de familia cristiana.

No sé si podréis algunos imaginar por un momento, cómo serian las relaciones de noviazgo en tantos años de búsqueda. Ahora recuerdo sus nombres y me digo “pobrecitos”. Y es que, les exigía como novios, un amor y una relación de fe con Dios, que por más buenos chicos que fueran, nunca lograrían llenar en mí.

 

 

Mi búsqueda se hizo camino. Y el camino fue dejándome cada vez más sedienta de ese encuentro con el amor prometido. También, de algún modo, más lejos de Dios, que se había comprometido con mi felicidad.

Busqué en los pozos que me iba encontrando: el reconocimiento profesional, la belleza, la moda, casa, descapotable, viajes, cursos, empresa y trabajos…  Nada calmaba mi sed y todo agrietaba mi corazón.

Así fue como después de un largo viaje de silenciosa búsqueda, con 27 años me comprometí  en matrimonio con el que entonces era mi novio. Planifiqué lo que yo creía que era mi sueño de amor y el sueño de Dios en aquella primera promesa. Y fue entonces cuando mi casa cimentada sobre arena, se desplomó.

No detallo aquello, porque daría para otro “fascículo”.. jeje. Solo puedo deciros que el Señor me llevó al desierto. Solo allí, tuve la capacidad de escuchar. Y en el silencio doloroso, pude volver a tocar mi centro y decirle: “Quiero hacer tu voluntad, porque sé, que será mi felicidad. ¿Qué quieres de mí?

La respuesta no fue inmediata. Pasaron meses de escucha y espera… Y no os diré cómo, porque daría para el segundo “fascículo”, pero el Señor me llevo hasta Burgos. A 523 kilómetros de mi casa, para contestar a una pregunta que cambiaría el rumbo de mi vida.

Ahora puedo darme cuenta de cómo el Señor fue preparando mi corazón para la noticia. En aquella capilla, el “Tengo sed”, que yo sentía, fue recíproco. Jesús, herido y clavado en una cruz con todos mis pecados, estaba allí. Esperándome con su amor para responderme: “Te quiero a ti”, ¿Recuerdas? “me lo prometiste”.

Fue entonces cuando rompí a llorar y aquellas palabras, sin yo quererlo, me trasladaron a aquel día de soledad en el que, sin saber la magnitud de mis palabras, prometí mi vida y entregue mi corazón a Jesús, aún sin conocerlo.

Después de aquel encuentro, mi vida cambió. El día a día era distinto y mi corazón ya no era el mismo. Necesitaba contarle a alguien lo que lo me estaba pasando. Mi director espiritual, al tiempo me invitó a ir al COV (Centro de orientación vocacional) de la diócesis, donde conocí a varias Vírgenes Consagradas y a mi director vocacional que con su discernimiento y escucha, fue acompañando mi proceso de seguimiento a Jesús.

Con el tiempo conocí congregaciones religiosas y comencé un voluntariado con una de ellas. Allí las más pobres, eran mujeres excluidas socialmente, prostitutas y mujeres de trata. Poco a poco junto a las Auxiliares del Buen Pastor, fui descubriendo signos de alegría, resurrección y cariño compasivo, con los que me sentía atraída. Empecé a conocer el desamparo de tantas familias pobres, ancianos y discapacitados de aquel barrio de Valencia.

Fue pasando el tiempo y vivir de cerca el carisma de Villa Teresita, empujaba a mi corazón a entregarme por estos pequeños. Después, inicie un tiempo de “prueba” y discernimiento junto a las hermanas. Y en su hogar, posada de tantos pobres, aprendí a compartir la mesa, el tiempo, los dolores, la fe, el cariño, los conocimientos… en definitiva, la vida. Junto a ellos me sentía una más y en mis heridas, Jesús me entregaba todo su amor, descubriéndome mi verdadera identidad de pobre.

Sigue enseñándome a mirar como Él. A través de sus ojos, todos somos buscados y amados con la pasión de su Padre. Un Buen Pastor que enamorado locamente de su desobediente oveja, sale a su encuentro dejando a las otras 99, para recuperar a aquella perdida.

Yo fui encontrada y doy gracias a Dios por ello. Espero que cada día, en el altar, pueda entregarle mi pequeño a su voluntad, para que Él me conceda su vida y así poder llegar a tantos desfallecidos, que necesitan revestirse de nuevo, con la dignidad de hijos de Dios.

Habilidades

Publicado el

enero 31, 2018

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