Testimonio de Sor Irene

Testimonio de Sor Irene

Me llamo Sor Irene Mª, tengo 24 años y pertenezco a la comunidad de Hermanas Pobres de Santa Clara de Vivar del Cid. Me gustaría contaros un poquito la historia de salvación que el Señor ha realizado en mi vida.

Nací en una familia católica que siempre me ha educado en la fe. Mis padres me obligaban a ir los domingos a misa desde pequeñita. Cuando empecé a salir por las noches de fiesta a las 14 – 15 años, mis padres me dejaban dormir más por la mañana con la condición de que fuera yo sola por la tarde a misa. Entonces acepté el trato pero solamente abría la puerta para mirar quien era el sacerdote por si me preguntaban y luego me marchaba con mis amigos. Empecé a revelarme. Ir a misa, rezar, que me hablaran de Dios… todo me parecía muy aburrido. Siempre acababa discutiendo con mis Padres cada vez que salía el tema de la Iglesia. Incluso algunas amigas mías que se acercaban a la parroquia las terminé alejando porque no paraba de decirles que eso eran sectas, cosas que no eran normales. Hacía planes mucho más atractivos que captaran su atención para que no fueran a las reuniones o convivencias. Así fuimos metiéndonos a pasos agigantados  en el mundo.

Llegó el tiempo de la confirmación y nuestros padres nos obligaban. Nosotras tampoco es que pusiéramos muchas pegas por ello, porque nos gustaba comprarnos ropa nueva y elegante y los regalos que se nos hacían por parte de la familia. Para confirmarse era obligatorio ir a una convivencia y nosotras (como queríamos librarnos de ella) nos habíamos preparado un falso justificante para escaparnos. Llegó el día de la convivencia y allí nos plantamos dispuestas a que cuando pasara un rato presentar el justificante falso diciendo que nos teníamos que marchar. Cada una se había inventado un motivo: ayudar a sus padres, asuntos familiares, clases particulares… Pero, ¿cuál fue nuestra sorpresa? ¡Estaba siendo todo muy divertido! ¡Juegos, yincana, conocer gente nueva! Al final decidimos quedarnos y guardarnos los justificantes, porque no eran las charlas y rezos que nosotras pensábamos. Por la tarde, dos chicas del grupo de jóvenes de la parroquia, empezaron a contar su testimonio. ¡¿Pero qué ha pasado en sus vidas?! Me preguntaba yo. ¡Sus vidas eran como la mía ahora! Y ahora, ¡dicen ser más felices viviendo una vida totalmente distinta! Empecé a sentir atracción por confesarme para experimentar esa misericordia que ellas habían experimentado. ¡Quería comulgar! ¡Y sentir que el Señor estaba vivo! Como ellas decían. La mayor sorpresa fue cuando nos dijeron que esa misma tarde los sacerdotes se pondrían a confesar y después tendríamos la eucaristía. Corrí a confesarme buscando al sacerdote más mayor que encontrara, ya que ese seguro que no se escandalizaría de todo lo que le pudiera decir, ya habría escuchado mucho a lo largo de su vida. Tras la confesión y recibir la comunión empecé a llorar y a llorar, no podía creérmelo ¡Había estado tanto tiempo buscando la vida y la felicidad en auténticos cubos de basura! Y ahora, ¡había encontrado la verdadera VIDA! ¡Había encontrado a Jesucristo! Entonces decidí entrar en el grupo de jóvenes. Ahora mis amigas eran las que se oponían, las que intentaban convencerme de que me habían comido el coco.

Empecé a ir a más convivencias, peregrinaciones, oraciones. ¡Ahora sí que deseaba ir! ¡Deseaba encontrarme con el Señor! ¡Conocer a más jóvenes creyentes y no pensar que era un bicho raro! Esto me ayudaba a vencer las tentaciones que se me presentaban con mis amigos y el mundo. En medio de esta lucha, en una oración escuche la llamada del Señor para entregarle mi vida en un convento de clausura dedicado a la oración. ¡Esto no puede ser! Pensaba yo ¡Ahora sí que me estoy volviendo loca! ¿Yo monja de clausura? ¿Encerrada toda mi vida? ¡Ni quiero, ni puedo! Entonces intenté quitarme esto de la cabeza, pero no podía. Pasaba el tiempo y la llamada del Señor seguía resonando en mí. Entonces decidí hacer una experiencia de 10 días para que de esta manera, encerrada tanto tiempo, seguro que se me marcha esta idea de la cabeza. ¿Cuál fue mi sorpresa? A pesar de los miedos que llevaba a sentirme encerrada, a no poder vivir sin mi familia, amigos, móvil, ordenador… Fue para mí una experiencia de libertad, de felicidad, una experiencia de que “Solo Dios basta”. Y me rendí a pensar que como dice el profeta Isaías “sus planes son mucho mejores que los nuestros”.

Ahora acabo de hacer 6 años en el monasterio y cuantos más días pasan, más voy confirmando que sus planes son mucho más altos que los míos. Estoy cada vez más agradecida al Señor por el gran don de la vocación. Como dice nuestra Madre Santa Clara (nuestra fundadora) “¡Entre tantos beneficios como hemos recibido de nuestro Padre de las misericordias uno los mayores es el de nuestra vocación!”

En unos días realizaré mi profesión solemne. ¡Estoy feliz de poder entregarme totalmente al Señor  y consagrarme íntimamente a Él! Haré la promesa de vivir por todo el tiempo de mi vida los votos de pobreza, obediencia, castidad y clausura.
Estos votos pueden parecer que solo son renuncias pero sin embargo son para mí y para todos los consagrados una ganancia tremenda. La pobreza: nos hace ganar la mayor riqueza, ¡el Señor!. La castidad: no es renunciar a ser amada y amar sino ser totalmente amada por el que nos ama hasta el extremo, el que ha muerto y resucitado por nosotros, la misma fuente de todo el amor, ¡el Señor!. La obediencia: no es renunciar siempre a lo que me apetece hacer sino hacer lo que el Señor quiere ¡que es mi felicidad y mi libertad!. La clausura: es un límite de espacio, de relaciones, de renuncia a muchos bienes de la creación… para vivir una relación de intimidad con el Señor, para abrazarle a Él que es el ¡Sumo Bien!.

Os pido que recéis por mí, para que sea siempre fiel al Señor en cada momento de mi vida y mi vida sea fecunda para la vida del mundo, para vuestra vida.

 

Habilidades

Publicado el

enero 31, 2018

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